viernes, marzo 12, 2010

Niños de primera y niños de segunda

Los "chicos de la calle", frase común que repetimos a diario para señalar a aquellos niños que deambulan por las grandes ciudades buscando juntar algunas monedas para llevar a su casa.Esa frase que parece inocente en realidad nos libera porque así decimos que no son de nadie ,nos olvidamos que no son de la calle sino que están en la calle trabajando en vez de estar en la escuela o simplemente jugando.

Ellos esperan que los miremos y recordemos que siguen siendo niños pero en algunos lugares como la Biblioteca Argentina Dr. Juan Álvarez son expulsados porque -a pesar de que los lectores suelen comprarles y no manifiestan molestia alguna- a la actual Directora parece que sí ,porque dio órdenes al personal de la entrada para que no los deje entrar a vender.

Cuando me acerqué a preguntarle si había sido así me contestó que si bien no tienen prohibida la entrada como cualquier otra persona no pueden ingresar a vender al salón porque no queda bien o molestan.Muchas veces estos chicos después de su recorrido por el salón para vender aprovechaban para subir al sector infantil y ver algunos cuentos o simplemente a jugar;después de mucho insistir porque son muy tímidos.Desde que le prohibieron la entrada no vienen porque su prioridad es trabajar no jugar,aunque resulte llamativo por tratarse de niños.

Cada uno es lo que hace: días atrás le prohibieron a un hombre que vive en la calle que entre al salón con una botella de agua debido al calor insufrible que se siente en el salón de lectura,mientras que al resto de los estudiantes no se les dijo nada.También a este hombre, no sólo no lo dejaron entrar sino que quien está en la puerta de la Biblioteca, en el turno mañana ,le arroja spray para desodorizar el ambiente, aún antes de que este hombre se haya retirado del lugar.La Directora me contestó por nota que dicho agente contribuye a mantener la limpieza del establecimiento pero se olvida que la Biblioteca es una institución pública para la que no debería haber ciudadanos de primera y de segunda, menos aún, niños de primera y niños de segunda.

¿Será que el aburguesamiento hace perder la sensibilidad?, ¿será que la supuesta importancia de un cargo hace sentir superior a quien lo ejerce, y que entonces se construyen paredones invisibles?.A los chicos les dijeron que no pueden entrar a vender entonces ya no vienen, le quitamos la oportunidad de que se sientan parte de la Biblioteca porque es pública y que el Estado los reciba aunque sea para que puedan vender algo.Hay gente que vive con anteojeras porque si el otro no está a su altura no existe, hay gente muy miope que intenta con picardía decir que no es que tengan prohibida la entrada, lo que no pueden hacer es vender en el salón de lectura,vuelvo a repetir, a pesar de que la gente no se queja y colabora con ellos.

Muchos son los reclamos ciudadanos por más seguridad pero si no enfocamos la mirada hacia estos chicos de poco nos van a servir más policías o llenarnos de rejas ya que si la marginación aumenta también lo hace el delito.No son chicos de la calle , en todo caso, son chicos en situación de calle, son responsabilidad de todos y esperan que los miremos.Un día, hace mucho, uno de ellos me preguntó que estaban haciendo los estudiantes acá, no tenía idea de lo que era una biblioteca.Hoy más que nunca la Biblioteca no existe para ellos porque quien decide sobre este y otros temas sólo tiene para decirme:"No te hagas la defensora de pobres".


1 comentario:

Daniel I. Krichman dijo...

Todos somos iguales ante la ley... Está claro que hay algunos más iguales que otros. No sé si me indigna más el hecho en sí o el contexto: esto sucede en una biblioteca pública en una ciudad gobernada desde hace más de 16 años por el socialismo. Hay un momento en que ya no se puede sostener más la mentira de pregonar los valores de la democracia, la igualdad y el humanismo y portarse como un capitalista asustado. Y es cuando la pobreza se te planta de frente y te interroga en los ojos de un pibe de la calle. Simbólicamente resulta infinitamente más violento que la expulsión suceda dentro de una biblioteca: ahí están depositadas las herramientas que lo sacarían de esa situación, o por lo menos que le harían entender que no está así porque hay un destino de pobreza escrito para él en algún lugar misterioso. Ahí están las llaves que -al menos- lo desamarrarían de la miseria emocional. Afuera se le niega alimento para el cuerpo. Adentro se le pohibe acercarse al alimento para el espíritu. La sociedad los pone en el lugar de ser nadie. Y luego se preguntan por el origen de la violencia, la drogadicción, el acoholismo pecoz... Algo que, evidentemente está muy lejos de rozar la comprensión de las autoridades de la biblioteca.